
Una convivencia enferma puede ser peor que un divorcio.
Somos hijos de un nuevo siglo y es por eso que debemos adecuar nuestras costumbres familiares a los tiempos que corren. Aún cuando muchos de nosotros comprendemos esta situación, todavía seguimos sintiendo incomodidad, por ejemplo, ante la idea del divorcio. Ocurre que el divorcio, todavía en esta época, es considerado por algunos como un fracaso y, por otros, como una opción inviable dado que viola algunos preceptos morales y religiosos atemporales.
Resulta necesario que, por un lado, nos alejemos de las condiciones enfermantes de una mente exitista y que, por el otro, modernicemos algunas creencias que arrastramos de nuestra formación y que hoy se verifican como caducas. Porque entendámonos: el divorcio no es un fracaso y tampoco es un pecado terrible o un mal incurable para nuestros hijos.
Sobre este último punto puede plantearse un interesante debate. Pero, ¿no creen que es más dañino para nuestros hijos que pretendamos continuar con una unión enfermiza solamente por evitarles un trauma? ¿No es mayor el trauma producido por una convivencia falsa y enferma?
Lo que sucede es que el divorcio está lleno de prejuicios y de ideas preconcebidas que no hacen más que demonizar su figura. Pero vamos, que una familia, para que sea funcional, debe basarse en la buena convivencia y ésta no se logrará si los cónyuges no se soportan ni aman. Allí más vale considerar la idea del divorcio y ver cómo seguir después. No es un fracaso, es una opción.
