
La cultura del yo es una cultura ególatra y hedonista.
Hasta hace algunos años, quien no tenía pareja para los treinta o treinta y cinco años de edad era ya considerado un “solterón”, una anomalía en cuanto a tiempos culturales se refiere. Hoy esa realidad ha cambiado mucho, y cada vez son más las personas que anteponen otros objetivos a la conformación de una familia antes de los treinta y cinco.
Ocurre que el mundo está cambiando, sería muy necio no verlo. Quiero decir, el mundo siempre cambia. Lo que sucede hoy es que esos cambios son cada vez más veloces y nos dejan más perplejos a medida que el tiempo pasa —En el presente, la barrera entre las distintas generaciones es mucho más marcada por la incidencia de estos cambios bruscos velocísimos—. Y entre todo lo que cambia, un nuevo modelo de vida cobra cada vez mayor importancia: el yo.
La cultura del yo es una cultura que apunta al hedonismo y al desarrollo personal. Una cultura ególatra, que no deja de mirarse el ombligo y que tiene su máxima expresión en las nuevas tecnologías 2.0. Que se me entienda, no digo que esto esté mal, sólo analizo un cuadro de situación.
De este modo, la conformación de una familia ha quedado relegada al desarrollo personal y profesional de los jóvenes. Estos mismos jóvenes son quienes han tenido un alargamiento de su adolescencia —la adolescencia parece estirarse como fideo— y ya es normal ver individuos de 35 sin pareja. Y lo que es más, nadie los considera “solterones”.
Porque el mundo cambia. Y con él cambian las formas de entendernos. Habrá que ver cómo incluir a la familia en el mundo del yo que se viene.
