
Debemos establecer límites a nuestro hijos.
En otro artículo hemos visto cómo la familia moderna está cambiando. Pero antes de enfrentarnos con este cambio y de buscar la forma de adaptarnos, resulta conveniente que realicemos un repaso sobre lo que ha demostrado ser un modelo de familia que ha perdurado en el imaginario como la familia ideal.
Este modelo se basa en la clara disposición de los roles de los padres y en la colaboración entre ambos, sostén verdadero de una familia funcional. Así, se espera de la madre que sea quien se encargue de dar contención a los hijos en términos emocionales y se dedique a satisfacer sus necesidades nutricionales. Del padre, por otro lado, se le pide que ejerza el papel de “líder instrumental”, es decir, que se encargue de poner límites precisos a los hijos y constituya una figura paterna fuerte —no es de forma gratuita que el padre representa a la Ley en nuestra cultura occidental.
Pues bien, este modelo parece caduco hoy en día. Pocas son las familias que obran bajo sus preceptos por muy diversos motivos: divorcios, adolescentes con libertades excesivas, padres permisivos, etc. Ante esto debemos buscar una salida —siempre la hay—. En este caso lo mejor es reencontrarnos con las funciones parentales y distribuirlas entre los cónyuges: son fundamentales los límites para la crianza de los hijos, situación que lamentablemente se la ve como autoritaria cuando solamente representa la construcción simbólica de una autoridad.
Pero hay salida. Si colaboramos con nuestra pareja, podremos hacer de nuestros hijos e hijas, hombres y mujeres de bien.

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