El bebé como centro de vitalidad

El bebé como centro de vitalidad

La fuerza del bebé

La fuerza del bebé

¿Qué nos fascina tanto de los bebés? ¿Qué hace que una familia entera deje de lado sus miserias, sus odios mutuos, sus conflictos y tensiones, para reunirse en el círculo cercano al nuevo niño que ha traido a la vida una de las mujeres pertenecientes a la célula familia?

Evidentemente es el hecho de que los bebés son fuente de energía, de vida, potencia intensa que nos hace ver todo desde el lado de la posibilidad, de la potencia.

Cuando nace un sobrino, nuestro hijo, o cualquier otro bebé en nuestra familia, nos llega desde lugares desconocidos fuerzas que nos toman de sorpresa, y del mismo modo que un poseso, caemos en el estado extático de la vitalidad pura. Nos sentimos más jóvenes, deseamos hacer cosas, proyectamos un futuro lleno de finalidades.

Por ello debemos agradecer tanto a la madre como a este regalo que la vida nos da en el cuerpo de un niño, puesto que no solamente nos fortalece como individuos sino que reconstruye lazos familiares tal vez rotos, nos permite olvidar viejas peleas, nos amiga con la vida.

El bebé permite los rituales que hacen a la renovación de la vida afectiva de la familia. Cuando nace un bebé, toda la familia se vuelve a juntar -de un modo similar a las festividades de navidad o fin de año-, se mira a la cara y se reconoce como una unidad con vida propia.

Este acto de dar, este don que los niños representan por sí mismos, luego quedan opacados por el crecimiento de estos futuros ciudadanos. Sin embargo, al ser miembros de nuestra pequeña comunidad llamada familia, siempre nos ofrecerán nuevos motivos para estar orgullosos. ¿Quién no ha llorado cuando su hijo finalizó sus estudios universitarios?

Los bebés nos revitalizan, los adolescentes nos ofrecen imágenes de rebeldía y los jóvenes casi adultos nos demuestran que nuestra tarea como padres ha dado sus frutos.

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